Registrandote recibires correos con noticias, minutas y artículos de interes general y actualidad.





Libertad, democracia, constitución y el estado de las autonomías. "Escrito del día 23 de Febrero de 2004, pocos días antes del atentado del 11-M".



Por Equipo uniderecho.com

Publicado en enero 19, 2007

Libertad, democracia, constitución y el estado de las autonomías.

En la sociedad que vivimos, cada uno de los términos conceptuales como denominamos la libertad, democracia, Constitución y el Estado de las autonomías –comunidades autonómicas-, se funden en uno: en una monarquía parlamentaria más que constitucional. Esto quiere decir que la base en la que se ha asentado el poder orgánico del Estado en la función unitaria de la formación actual de nuestra sociedad, está apoyado más sobre la determinación del consenso parlamentario que sobre el legado constitucional; promulgado y aprobado en la Carta Magna como ley en las Cortes, hace ya veinticinco años. Luego es esta ley la que debiera de estar al servicio del consenso; y no el consenso al servicio de esta ley.

La Constitución no debe de ser intocable, siempre y cuando se llegue en el parlamento a un acuerdo consensual para la reforma de ley. Una reforma de ley que conlleve a un sentido más amplio de la justicia en el que la cohesión de las independientes libertades democráticas constitucionales del Estado de las autonomías, consiga una mayor solidaridad en la fusión de una misma unidad; y no la particularidad de intereses propios, que conlleve a la ruptura.

Libertad, democracia, Constitución y el Estado de las autonomías, se funden en un mismo término conceptual: la unidad estatal. Y esta unidad estatal en la fusión de los términos conceptuales que la forman, se confunden. Ya que para poder entender la unidad gubernativa en la que convivimos, rigiendo nuestra actual sociedad, primero hay que saber diferenciar cada uno de los términos conceptuales que constituyen la formación de su unidad.

¿Alguna vez alguien se ha preguntado qué concepto tiene de lo que es la libertad, independientemente de lo que sea la democracia; y democracia, de lo que sea la libertad; y Constitución y el Estado de las autonomías, independientemente de la libertad y de la democracia?...

Posiblemente recibamos demasiada información de golpe sin preguntarnos qué clase de información recibimos. Intentamos entender toda la información recibida en su conjunto, sin descomponer todos y cada uno de los elementos que la componen. Confundimos información con conocimiento; y conocimiento, con ciencia y sabiduría. Cada vez nos parecemos más a un ordenador, que sólo sirve para guardar y procesar datos en su memoria. Y esto es lo que llamamos cultura, que a su vez lo confundimos con la inteligencia; sólo por tener capacidad memorística.

Ya Kant en su tiempo, se apartó de todo conocimiento aportado por otros, ese conocimiento donde se fundan las bases más sólidas y que por la rigidez de su estructura, no permite modificaciones que puedan quebrar la solidez de las bases de las estructuras más rígidas de todo ese conocimiento que ya se da por sabido. Este es el error de todo conocimiento que sólo se apoya en la información. Ya que sólo apoyarse no es profundizar en toda esa base informativa donde se ha formado la solidez de las estructuras más rígidas del conocimiento, sino dejar caer su peso sobre una superficie que se cree sólida y segura por la formación de una estructura ya solidificada en su conocimiento.

Hoy día nadie profundiza, sólo sabemos apoyarnos en lo que nos es dado; sin pensar que el conocimiento de las cosas, al igual que la vida en la esencia de su existencia, tiene el más profundo vitalismo en su constante variante. O sea que de la misma condición del conocimiento solidificado, surge la propia heterogeneidad del conocimiento vital. Pero para que surja la propia heterogeneidad indeterminada del conocimiento vital, no sólo hay que apoyarse para dejar caer el peso sobre la superficie donde se ha formado su petrificación, sino ahondar en la homogeneidad determinada del conocimiento solidificado para poder vigorizar así, lo que en su solidificación pueda revivificarse como conocimiento vitalicio. O sea, ese conocimiento vital que desde que se obtiene, conserva su vigor en constante variante dentro de todos y cada uno de nosotros, hasta el final de nuestros días.

La Constitución se ha percibido en la esencia de su concepción como un conocimiento vitalicio donde la regularización de las bases ya solidificadas de los principios democráticos del ordenamiento de la jurisprudencia estatal, debieran vigorizarse ahondando en la petrificación de sus bases para revivificar y ampliar el sentido de la percepción de la justicia en la que se apoyan los principios democráticos en defensa de los derechos humanos al estatificar en la solidificación de las bases de su conocimiento, un profundo vitalismo en el reconocimiento del ser humano como ser humano individual y social; que en su integración, forma y constituye en la cohesión de la independencia de las libertades determinadas en los derechos de sus estatutos, la formación de la unidad estatal en la función que regula la unificación de la sociedad en la que se propone imponer, convivir solidariamente. Y digo la sociedad en la que se propone imponer, convivir solidariamente, porque toda ley en teoría, se impone; pero en la práctica, se propone su aplicación. Por tanto aquí se dan dos clases fundamentales de políticas divergentes: una la que se funda como ley en el ordenamiento más estricto de su base rigurosa; y otra la que surja como aplicación, según las necesidades de las circunstancias que la determinen.

Un plan de ley no se concibe sin un desarrollo de ley. Son las circunstancias las que debieran de determinar la ley; y no la ley, a las circunstancias. Y para que las circunstancias sean las que determinen la ley, nunca debemos de olvidar que ese plan de ley constitucional que nos rige, surgió, concibiéndose en esos principios democráticos que apoyados en el más amplio sentido de la percepción de la justicia de las circunstancias de su tiempo, hicieron posible el desarrollo de ese régimen democrático, en el cual ahora todos nos apoyamos sobre las bases más sólidas de ese código de democratización del sistema que conocemos como Constitución, y que dio a luz del abismo más profundo y oscuro del seno del pueblo.

Toda democracia surge como luz de liberación de todo ese profundo y oscuro abismo en el que esté sumergido y oprimido un pueblo. Es la transición que se produce entre la falta de credibilidad de las creencias y culturas más arraigadas en el crecimiento del desarrollo de su germinación social y la indignación y falta de confianza generadas por la confusión demagógica y la imposición de esos dirigentes que por intereses y conveniencias propias sólo a sus libertades, conservan, sometiendo a todo un pueblo, a aquellas demagógicas creencias y culturas en las que siempre se apoyan para poder manipular libremente a todas esas masas de gentes que forman y constituyen la unidad de su poder.

Democracia no es lo que se impone de un pueblo a otro como democracia, sino lo que surge como democracia de un mismo pueblo. Ya que cada pueblo tiene su propia piel y sangre de donde surge su propia condición; pues la verdadera democracia aunque pueda heredarse como legado de otros pueblos, siempre debe ser el propio pueblo el que deba ser consciente del surgir de su libre elección, de aceptar y ratificar el legado de esa democracia ante esas creencias y culturas que inhiben su germinación social.

No olvidemos que al igual que el sistema social, el sistema de democratización surge del estado de madurez de una sociedad. Por tanto para que un pueblo sienta la necesidad de democratizar su sociedad, antes tiene que madurar el sistema social con acorde a las creencias y culturas actuales de su pueblo.

“La globalización” de la imposición de la democracia a los pueblos no democráticos es la tiranía imperialista de la democracia. Una democracia en la que se hace uso del poder impositor de “la globalización” de los pueblos democráticos, es una democracia que pasa de ser democracia para convertirse en una plutocracia. Ya que en vez de apoyarse en el sentido más amplio de la percepción de la justicia de lo humano; se apoya en el sentido más amplio de la percepción de la justicia de la inversión del poder, sobre lo humano.

La etimología de la palabra democracia proviene del “demos” ateniense. El “demos” significa el pueblo, la gente. Es el apoyo que recibe el individuo como ser humano independiente y socialmente dependiente como conciudadano que forma y constituye en el conjunto de la unidad de su pueblo, en representación de los valores de los derechos y libertades reivindicativos, legitimados por la igualdad de convivencia del sentido más amplio de la percepción de la justicia y ante la unidad constitutiva y funcional del poder institucional, la formación y constitución del estado de la comunidad humana.

La democracia es la descentralización del poder institucional que se centra en el sentido más puro y noble de lo humano como ser autónomo e independiente en el derecho a sus libertades, pero socialmente dependiente de los derechos a las libertades de los demás, en la mutua convivencia de la formación y constitución de su solidaridad. O sea que el “demos” ateniense, de donde se apoya y surge la verdadera democracia, es la soberanía del pueblo, de donde el mismo pueblo en la integración conjunta que ejerce en la función del órgano de la unidad estatal de sus poderes públicos, elige sobre su propio destino. Por tanto la verdadera democracia se apoya en lo que es de uso público para todos; y no en lo que es de uso privado para unos cuantos.

La privatización no tiene su apoyo en la verdadera democracia, sino en la auténtica plutocracia. Ya que si lo privado es mejor en calidad humana que lo público es porque el ser humano es considerado más por el poder y el dinero, que por las propias necesidades de su condición humana. En sí el poder y el dinero siempre ha hecho, hace y hará de cualquier sociedad, un sistema de burocracia plutocrático. Ahora hay que preguntarse el porqué.

Si el ser humano siempre se caracteriza por algo es por su ambición. Este es el instinto más arraigado de su naturaleza que siempre le impulsa en la unificación de su sociedad a construir, pero también la independencia de sus libertades antisociales le conlleva a destruir por esa misma ambición que socialmente en la solidaridad conjunta de voluntades y esfuerzos, le impulsa en el fervor competitivo de las ambiciones de sus instintos, a evolucionar sobre lo ya establecido para conservar y progresar en la integración de su supervivencia en el sistema social.

La opresión que ejerce la ambición competitiva en la integral exigencia del sistema social, conlleva a profundos sentimientos antisociales. Por ello el ser humano se siente obligado a imponer una ley en la que se respete la mutua convivencia en la integración conjunta de las independencias de los derechos a sus libertades.

Para el propósito de la imposición de un plan de ley constitucional en el ordenamiento del sistema social democrático, se necesita a representantes capacitados para llevarlo a cabo; y esos representantes son los funcionarios del Estado que en sus funciones administran esos poderes públicos que están apoyados en la soberanía conjunta del pueblo.

Para el ordenamiento de un sistema social democrático es siempre necesario que haya una jerarquía representativa del pueblo en la distribución de los poderes públicos. Si no, la soberanía conjunta del pueblo sufre la ruptura de la cohesión individual e independiente de esas libertades antisociales que en la lucha entre ambiciones competitivas del instinto humano, conllevaría a apoyar la soberanía del pueblo en la soberana anarquía por la absoluta manifestación de la autonomía independentista del individuo, en la reivindicación no integral de la indeterminación de sus derechos humanos.

La libertad absoluta no tiene vinculación ni compatibilidad con el derecho a otras libertades. Esto hace de la soberanía anárquica en la manifestación absoluta de la libertad autonómica independentista del individuo, un vivir ininteligible y no compatible con el sentido racional, común y vinculable de toda convivencia que en la formación funcional del estado del sistema social, constituye la unidad conjunta de su pueblo.

Si la libertad es la absoluta independencia, no existe. Ya que todo depende de un algo; y ese algo, de un todo. Y para que una libertad absoluta sea posible, depende de la sumisión de esas otras libertades que formen y constituyan su absolutismo.

Libertad es eso que se nos ofrece como facilidad a nuestra propia realización; y no lo que en la oposición a su dificultad, sometamos para nuestros propios fines. Luego la verdadera libertad tiene su apoyo en lo que los otros nos permiten hacer en el entorno social de la convivencia donde nos realizamos; y no en la autonomía independentista de la manifestación absoluta de nosotros mismos. Ya que sin la dependencia ni el apoyo de los demás, no podría ser posible la libre realización del individuo como ser humano independiente ni socialmente dependiente como conciudadano en la mutua convivencia de la formación constituyente de su sociedad.

El término conceptual como denominamos la libertad es relativo en la amplitud de su más profunda significación. Su raíz se forma en la esencia de la concepción de dos partes primordiales: una, la libertad que ofrece los medios y las personas que en relación y socialmente se nos facilita; y otra, la que reclamamos en reivindicación de los propios derechos humanos por un cambio de mentalidad del entorno social en el que convivimos para que no dificulte la des-inhibición de nuestra independencia y dependencia en esas relaciones sociales que nos permita desarrollar la realización de nuestra propia personalidad.

Dentro de las dos partes primordiales de la libertad que se encuentra facilitada y de la que se reivindica en la búsqueda de la reclamación de los derechos de la esencia de su concepción, podemos encontrar tres ramas divergentes de libertades que siempre, dependiendo de las circunstancias que las determinen, pueden surgir de las crisis gubernativas y de las creencias y culturas de un pueblo que tenga una profunda falta de credibilidad no sólo en la demagógica resultante de sus políticas, sino también en esos hábitos y costumbres que caracterizan lo más arraigado de sus raíces.

De la misma forma que en física, dependiendo de las circunstancias ambientes, un cuerpo de estado sólido puede pasar a estado líquido, y de estado líquido, a gaseoso; y del gaseoso al líquido; y del líquido al sólido; en ciencias políticas, dependiendo de las circunstancias ambientes de las crisis del estado del régimen de un pueblo, también puede pasar de un estado de libertad de soberanía anárquica, a un estado de libertad de soberanía absolutista; y de un estado de libertad de soberanía absolutista, a un estado de libertad de soberanía del pueblo; y del estado de libertad de la soberanía del pueblo, a la absolutista; y de la absolutista, a la anárquica. Por tanto siempre corremos el riesgo en la contingencia que forma y constituye la unidad de nuestra sociedad, de perder ese estado de libertad de la soberanía del pueblo en la que se apoya el “demos” ateniense de la verdadera democracia, si el pueblo no permanece vigilante ante la representación de sus poderes públicos de la jerarquía funcional representativa de las instituciones comunitarias, en las políticas de sus gobernantes.

Si el estado de libertad de la soberanía del pueblo no apoyara sus principios democráticos en el sentido más amplio de la percepción de la justicia, podría confundirse fácilmente con otro estado de libertad que surge del estado de la soberanía del pueblo; y ese estado de libertad que puede surgir del estado de la soberanía del pueblo es la soberanía comunista.

El estado de libertad de la soberanía comunista del pueblo no sólo es la abolición de las propiedades privadas y bienes comunitarios, sino también la anulación de voluntades y esfuerzos humanos que debieran valorarse, pero que no se valoran en la consideración de esos derechos propios que se ha sabido ganar el individuo como conciudadano independiente y socialmente dependiente en la formación integral constituyente de su autonomía social, en la unidad funcional de la convivencia comunitaria. O sea que la soberanía comunista del pueblo es la rigurosa igualdad de los derechos humanos sin mediciones que diferencien la voluntad de esfuerzos y resultados por la desigualdad de esos derechos propios que se ha ganado merecidamente el individuo en la lucha por una independencia que le distinga por méritos colectivos de los demás conciudadanos, en el valor de los derechos propios del poder privado de bienes que han hecho distinción merecida de su propia individualidad.

Para que el ser humano sea respetado y valorado en la reivindicación de esos derechos propios que se ha sabido ganar por la voluntad y esfuerzos en la independencia privada de su libertad como individuo, pero socialmente dependiente y vinculada como conciudadano en el conjunto de la convivencia del entorno del colectivo donde se realiza públicamente en el marco de su sociedad, debe de haber un conjunto de poderes que representen y amparen la legalización de los derechos propios del conciudadano en el estado de la libertad de la soberanía del pueblo. Luego es de esencia vital que para que haya una buena organización en la administración legítima representativa de la valoración de los poderes públicos y privados de los derechos propios merecidos por las voluntades y esfuerzos humanos como conciudadano independiente y socialmente dependiente en la soberanía conjunta del pueblo, que la organización funcional de la unidad estatal se apoye en un sistema de burocracia. Ya que este sistema es necesario que forme su base en el organismo funcional de una jerarquía que a su vez tenga el apoyo en el poder representativo de quienes la constituyen en la formación de su estado; aunque haciendo un uso indebido en beneficio propio de las ambiciones de quienes representan en el poder de su investidura, esa jerarquía, conviertan ese sistema burocrático, en un sistema de burocracia plutocrático. O sea que dentro de ese sistema burocrático no se puede evitar como instinto ambicioso del ser humano, que haya un abuso de poder que degenere hacia una plutocracia, por más que las leyes propongan imponer determinadas sanciones constitucionales en reivindicación de los representativos poderes de la soberanía del pueblo. Por eso el raciocinio del ser humano siempre se siente obligado a equilibrar, determinando de alguna forma u otra la indeterminación de su ser, la racionalidad con la propia irracionalidad de sus instintos impulsivos. Esto quiere decir que el equilibrio entre la determinación social y la propia indeterminación antisocial del ser humano en la vida social, encuentra el punto de equilibrio del peso de sus fundamentos en la coacción y el miedo a las represalias sociales.

La ley de la verdadera libertad es la determinación y la restricción que busca una mejor calidad humana en la convivencia y en la solidaridad de esa convivencia. La ley de la verdadera libertad no se encuentra dando rienda suelta a los impulsos de nuestros instintos, sino controlando esos impulsos que por instintos humanos conllevan a desbordarnos en nuestras propias libertades.

La Constitución y el Estado de las autonomías es uno de los mejores sistemas de democratización del estado de ley de la verdadera libertad que se ha conseguido en la historia del estado de libertad de la democracia. Pero no hay que olvidar que los mejores sistemas de democratización no dependen de lo que esté establecido en el código de estos sistemas, sino en el uso que los políticos hagan de ellos con referencia a lo ya estipulado en el código de sus políticas democráticas.

Las diferentes formas de políticas divergen de dos estados fundamentales que forman y constituyen la esencia de su concepción: las del primer estado son las que renuevan; y las del segundo, las que se asientan conservando lo ya renovado. Las del primer estado podríamos denominarlas como políticas progresistas; y las del segundo, como políticas conservadoras. Unas, dependiendo de las circunstancias políticas-sociales que determinen su tiempo, podrían ser perjudiciales; y otras, beneficiosas.

No olvidemos que en el transcurso de la Historia, los grandes genios nunca congeniaron demasiado bien con las creencias y culturas de su tiempo, y que sus avances si no se asimilan con acorde a esas creencias y culturas que caracterizan e imperan en los hábitos y costumbres de la sociedad de su época, lo único a lo que puede conllevar sus grandiosos progresos es a esos enormes desastres que tanto se han producido en la evolución del siglo XX. Luego la base del progreso no es el mero hecho de progresar, sino de asimilar todo eso en lo que se progresa. Esto no quiere decir que en función de las ciencias políticas se deba de hacer una política conservadora, sino una política en la que el progreso sea asimilable para el pueblo, y para el conjunto de los pueblos.

La unidad estatal que se apoya en un principio de conservación de un Estado de autonomías como unión funcional indivisible del organismo de su formación constitucional, puede ser también un principio de repulsión y ruptura en la formación constitucional de su indivisibilidad; del mismo modo que la unidad estatal que se apoye en un principio de cambio de Estado que en Estados de autonomías independentistas sea divisible, puede ser también principio de una recíproca solidaridad en la unión de la divisibilidad funcional del organismo de la formación constitucional de autonomías independentistas que en Estados, constituyan un solo Estado real como unidad estatal, aunque no se represente como unidad indivisible.

Si la divisibilidad de la unidad estatal en Estados independentistas de la formación constituyente de sus autonomías fuese con acorde a los cambios políticos-sociales de las creencias y culturas de un pueblo, ese pueblo habría comprendido y asimilado en la ratificación de su elección, que lo esencialmente vital no es la apariencia representativa indivisible de la unidad estatal como soberanía conjunta de su pueblo, sino que realmente lo sea sin vanas representaciones patrióticas.